Club de Rol Tirada Oculta

LA FRASE DEL DÍA

La imaginación nunca se sacia; tiene por cárcel todo el universo.
Benjamín Jarnés

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Jarrid158
Sendero7
Izanur6
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Información de la partida
  • La Manada (HOMBRE LOBO)
  • Master: Sendero
  • Resumen de Jarrid

Jugadores: Jack (Fenris - Ciu), Ricard (Morador de Cristal - Raul), Terry (Cardona), Zangus (Theurge, PNJ), Eric (Fianna - Peña)

Resumen de Jack
La mañana empezó mal. Riden había desertado. Debió preferir la vida solitaria de un Ronin a tener que enfrentarse a una dura prueba contra el Wyrm que, en el escenario más optimista, sólo traería algo de honor a nuestra reputación antes de ser juzgados por los ancianos. Su felonía añadía una muesca más a mis faltas como líder. Este agravio se compensará con sangre.

El clima tampoco ayudó a nuestro ánimo. Una tormenta de nieve con viento racheado congelaba nuestra resolución e impedía ver más allá de veinte metros. A pesar de ello Ricard encontró unas huellas claras y recientes. Apenas había avanzado una docena de metros cuando un objeto pasó rozando su cabeza para incrustarse en un árbol cercano. Era un tomahawk con adornos reconocibles: pertenecía al clan del Lobo Invernal. Nos habían cazado.

Daga de Hielo, en forma homínida, avanzó hacia nosotros. Tres o cuatro de sus guerreros, en formas hispo o crinos, nos rodeaban. Teníamos igualdad numérica pero su experiencia desequilibraba la balanza. Cada uno de nosotros se situó ante su par y yo avancé al encuentro de Daga de Hielo mudando mi forma de lupus a homínido.

- "Por fin estáis en mis manos. Preparaos para morir." - me escupió el alfa.

A pesar de que el corazón me latía a cien intenté mantener la calma y dar autoridad a mi voz - "Escúchame Daga de Hielo. Escucha mis palabras. No es el momento de pelear entre hijos de Gaia. Aquí cerca hay una gran fuente de Wyrm. ¿Puedes olerla? Luchemos juntos. Cuando todo acabe podremos...".

- "¡Silencio cachorro! ¡Ahora pagareis cara vuestra traición!"
.

- "¡Nosotros no tuvimos nada que ver!" -. La furibunda mirada de mi adversario me señaló que negar a nuestro clan no solucionaría nada. - "Escúchame, por el amor de Gaia. Todos nosotros combatimos por la misma razón. Escúchame." -. Un guerrero se acercó a su líder y le dijo algo a la oreja. Pareció que la nueva información recibida y mis palabras habían influido en la consciencia de Daga de hielo, pues mutó a crinos pero sus compañeros no movieron ni un dedo. Daga de Hielo me estaba retando a un duelo personal.

Sin nada más que poder añadir yo también muté a Crinos y me preparé para un combate desigual: guerrero experimentado armado con hacha contra adolescente con las manos desnudas. Mi única ventaja era el exceso de confianza de mi oponente, así que dejé que tomara la iniciativa. Daga de Hielo saltó hacia mi con fiereza y yo finté hacia atrás apoyando una garra en el suelo. Cuando me incorporé tenía en mi mano un gran puñado de nieve que arrojé a su cara, dejándolo levemente cegado. Entonces lo embestí con todo el peso de mi cuerpo haciéndole caer para seguidamente sujetar sus dos brazos impidiendo que me atacara. Había conseguido una ligera ventaja pero nunca sabría si hubiera podido vencer a Daga de Hielo.

Aunque mis compañeros y los de mi adversario lo habían visto llegar, nosotros dos no nos percatamos hasta que el torbellino de nieve atravesó nuestros cuerpos entrelazados y se instaló en el interior de Daga de Hielo. Su cuerpo convulsionó y perdió la consciencia. Entonces el remolino de hielo se alejó unos metros y de su interior salieron unas palabras apenas entendibles: - "Nooo peeeleaar... entre hermaanosssssssalvar... cachoooorro... miiiina" -. ¡Era un espíritu wendigo que nos conminaba a desentrañar el misterio de la mina del Wyrm!

A pesar de la advertencia del espectro los garou del Lobo Invernal recogieron a su inconsciente líder y se alejaron rápidamente. El espíritu los había acobardado y no escucharon mis ruegos para que nos acompañaran a la mina. No sé porque nosotros no estábamos tan impresionados como ellos. Quizás era debido a nuestra inconsciencia juvenil o a que desde hacía un tiempo sabíamos que nuestra vida valía poco y solo nos importaba limpiar nuestro honor.

Las horas pasaron y, mediada la tarde, nuestros pasos lobunos nos llevaron a las inmediaciones de la mina. Pronto descubrimos que estaba protegida de las miradas mortales por un velo mágico que no era inmune a la mayor espiritualidad del alma garou. Un examen más exhaustivo nos reveló que aparte de la mina había varios edificios modulares, un camión y más de una docena de guardias que se turnaban para vigilar todo el perímetro. Atacar de frente era un suicidio.

Mientras duró la luz del día vigilamos desde la distancia el ir y venir de los guardias y empleados de la mina. Finalmente, poco antes de que llegara la noche cerrada, pudimos determinar que el cachorro que debíamos liberar tenía que encontrarse en la primera o tercera edificación más cercana a nosotros. Había llegado el momento de actuar.

Todos, excepto Zangus que vigilaba desde las alturas, descendimos de la loma que nos había servido de puesto de observación. La ventisca y la oscuridad ayudaban a nuestra aproximación. Una vez dentro del perímetro me adelanté con cuidado y me deslicé bajo el primer barracón. Lamentablemente había hecho algo de ruido y dos hombres salieron al exterior alertados por mi descuido. Por suerte no encontraron mi rastro y, aún mejor, intercambiaron unas palabras de las cuales pudimos deducir que el cachorro estaba en el barracón bajo el cual me encontraba. Y algo más: estaban pendientes de que llegara su jefa, una tal Azaera, para tratar con la cautiva.

Cuando los dos hombres volvieron a sus respectivos refugios avanzaron hacia mi posición primero Eric, luego Ricard y, finalmente, Terry. Éste último tuvo peor fortuna que yo y con su pata trasera partió una rama seca. Todos reculamos hacia el interior del refugio pero parecía que esta vez los guardias no lo habían escuchado. Cosa extraña cuando el chasquido había sido realmente fuerte. Probablemente nos habían detectado y estaban esperando a que delatáramos nuestra posición.

No había tiempo que perder. Me transformé en glabro y tomé la pequeña poción que me dio Accolon. Subí las escaleras y abrí la puerta con fuerza y decisión para simular un golpe de viento. El guardia se levantó alarmado y apuntó con su ametralladora. No me veía. Entré sin hacer ruido y esperé a que se levantara de la silla para cerrar la puerta. Al pasar por mi lado le golpeé en la cabeza pero no fue suficiente. El hombre levantó su arma y disparó al aire. Una patada bien dirigida lo dejó inconsciente definitivamente.

Había que darse prisa. Me dirigí a la parte posterior del barracón y allí encontré a una joven india, inconsciente, atada con cadenas de plata a una silla. Era quien buscábamos. Alcé la silla en volandas debido a la imposibilidad de cortar las cadenas y emprendí la huida. Pero apenas había dado cuatro pasos cuando tuve que detenerme de repente. Tres guardias habían entrado en el barracón con sus ametralladoras apuntándome - "Deja-a-la-chica-en-el-suelo" - me ordenó uno de ellos. Parecía evidente que si me alejaba de la chica dispararían contra mí. Por alguna razón la necesitaban viva. Usé eso en mi favor y fui bajando la silla lentamente, usándola de escudo. Cuando la primera pata tocó el suelo usé la Rabia de mi estirpe y salté hacia mis enemigos. De una patada derribé al líder, giré sobre mi eje y lancé un revés a la cara del segundo y, finalmente, descargué una patada en el vientre del tercero. Estaban todos en el suelo aunque solo uno de ellos estaba inconsciente. No importó. En ese momento apareció Eric en forma de lobo, ensangrentado y con una cabeza humana entre sus fauces. Enseguida soltó su trofeo y atacó la yugular de los dos caídos. Poco más pudimos hacer. Surgidas de la nada, unas manos huesudas, fantasmales, retuvieron primero nuestros brazos y nuestras piernas. Cuanto más nos debatíamos más manos aparecían para sujetarnos, hasta que al fin nos tuvieron completamente inmovilizados en el suelo.

Nos levantaron por la fuerza y nos sacaron del barracón. A nuestro lado estaban también inmovilizados Terry y Ricard. Y frente a nosotros una mujer de letal belleza rodeada de guardaespaldas. - "Dejad de resistiros cachorros. No hay esperanza. Cuando hayáis visto, como yo he visto, el fin de las cosas, el Apocalipsis, comprenderéis que no podéis luchar contra lo inevitable. Al final solo existirán los que sirven y los que mandan. Abandonad vuestra lucha." - "¡NUNCA!" - nos salió casi al unísono. Pero no había nada que hacer. Las Perdiciones del Wyrm nos llevaron a rastras al interior de la mina. Solo Eric, en un último acto de rebeldía, lanzó un aullido al viento. Un aullido de llamada.

La batalla ha comenzado. Mis compañeros luchan con los terribles seres del Wyrm. Estoy orgulloso de ellos. Luchan con fiereza y honor. Pero algo va mal. Cada enemigo que destruyen vuelve a levantarse con fuerzas renovadas. Una y otra vez. Luchan durante horas interminables pero las fuerzas se les agotan. Uno tras otro acaban muriendo. No pueden resistir el avance del Wyrm. Nadie puede. Todo está perdido."

Cuando recobré la consciencia continuaba sujeto por las Perdiciones. Mis compañeros y la chica garou estaban también ahí. Ricard, sudoroso y fatigado, parecía el que peor se encontraba. Ninguno pronunció ninguna palabra. ¿Para qué? El Wyrm había triunfado. Siempre triunfaría.

Un aullido frenético, de guerra, rompió el silencio. Luego otro. Y después otro. Las Perdiciones dudaban. Relajaban su presa. ¿Habían llegado refuerzos? ¿Alguien respondía a nuestra llamada? Debíamos aprovechar la oportunidad. Nos transformamos en crinos y nos zafamos de nuestros carceleros. Mientras nuestra confianza crecía la suya menguaba. No nos costó aniquilarnos. Salimos de la mina y vimos la batalla que estaba teniendo lugar. Una tribu de garous había invadido el lugar y se enfrentaba a las hordas del Wyrm. Mis compañeros se unieron a la batalla mientras nos alejábamos del centro de la mina. Eric, Terry y Ricard luchaban con fiereza y honor. ¿Pero había esperanza? Al final no importaron mis dudas. La destreza de los guerreros que habían llegado en nuestra ayuda superaba todo lo imaginable. Los elementos de la Tierra, el Aire, el Fuego y el Agua eran sus aliados. Gaia estaba con ellos. La victoria final no tardó en llegar aunque no fue completa. La pérfida Azaera había escapado en helicóptero.

Poco después un poderoso guerrero llamado Llama Ardiente vino a nuestro encuentro para acompañarnos a lugar seguro. Él mismo nos guió a la Umbra, y a través de ella, para sacarnos de ese lugar. Comparado con las anteriores veces el viaje fue un paseo agradable aunque a nadie se le escapó un inquietante detalle: la mancha negra en el espíritu de Ricard había crecido mucho desde la última vez. ¿Qué significaba aquello?

Finalmente llegamos a nuestro destino: el túmulo del clan del Lobo Invernal. Pronto se nos pasó el recelo que ese lugar y ese clan nos ocasionaba. Los ancianos de la tribu nos recibieron en el Gran Tipi y nos pidieron perdón a la forma lupina, lamiéndose las patas delanteras. Por fin habían aceptado que no habíamos tenido nada que ver con la muerte de sus jóvenes en Nueva York. Que hubiéramos ayudado a rescatar a la única superviviente de las garras del Wyrm les aportó la prueba definitiva. Daga de Hielo, recuperado del ataque del Wendigo, se adelantó con un puñal en la mano. Yo creía que también iba a pedir disculpas y a ofrecernos una hermandad de sangre. Había visto demasiadas películas. Las disculpas sí salieron de su boca pero la daga que llevaba no la utilizó para hacer un leve corte en su mano. Se la clavó en el cuello. Su Honor lo empujó a ello.

Por la noche se celebró un ritual y una fiesta por los guerreros caídos. A parte de distraernos también aprovechamos para conversar tranquilamente como no habíamos podido hacer anteriormente. Ricard, como maestro del protocolo que era, ofreció a la joven garou que habíamos rescatado un lugar en nuestra manada. Ella lo agradeció. Tenía tiempo de pensarlo.

Otro tema fue sacado a la luz. Yo había tomado una decisión firme respecto a la manada. Dejaba de ser el alfa. Todos los sucesos que habíamos vivido anteriormente me habían afectado profundamente y la perfidia del Wyrm había dejado huella en mi ánimo. Estaba agotado física y mentalmente. Es verdad que tras la victoria en la mina había recuperado ligeramente la confianza en mis dotes de líder. Había logrado que la manada al completo sobreviviera a una dura prueba y, entre todos, habíamos superado el rito de iniciación. Pero esa noche, en la fiesta, pude leer entre líneas algunos comentarios malintencionados de Ricard y Eric. No confiaban en mi liderazgo. Sus miradas lo confirmaban. Si eso era lo que querían, de acuerdo entonces. Los reuní a todos y renuncié a mi cargo. Y tal como renuncié propuse a Eric como alfa. Él había demostrado ser digno de confianza y en cuanto a los otros... Terry y Zangus nunca habían tenido intención de asumir el liderazgo y Ricard... bueno, Ricard no podía ser alfa.

Pero que no se durmiera en los laureles. Un líder tiene que demostrar a cada momento su valía y debe saber rectificar cuando se ha equivocado. Si alguna vez no estuviera a la altura de su manada allí estaría yo para reclamar el liderazgo de los míos.

FIN