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Información de la partida
  • Los Camorristas (RUNEQUEST)
  • Master: Rasiel
  • Resumen de Jarrid

Jugadores: Piños (Enano desdentado, Peña), Beldë (Elfo Verde camorrista, Ciu), Mansuel (Shaman engreído, Raul), Lurin (Elfo Verde decente, Cardona)

Resumen de Beldë
Al cabo de unos días Kenneth, el halfling, volvió a visitarnos al pueblo donde nos habíamos auto-exiliado para evitar problemas con la justicia. Verdaderamente el pequeñín trabajaba bien y había limpiado nuestro nombre, aunque nos aconsejó no meternos en líos con los soldados por si acaso, ya que estaban con la mosca detrás de la orjea por la desaparición misteriosa de uno de ellos.

Discutimos también sobre la necesidad de deshacernos de la runa mágica, la que abría el portal demoníaco y que tantos problemas nos estaba dando a todos. En un determinado momento de la conversación llegamos a la conclusión de que o había un espía entre nosotros o el enemigo usaba algún tipo de artificio para controlar nuestros movimientos.

Entonces el Shaman entró en trance, puso cara de soprendido y acabó soltando una descarga de energía mística contra una de las paredes causando algún que otro destrozo como la antorcha que prendió la alfombra. "Efectivamente, nos han estado vigilando todo este tiempo. Se trata de un shaman muy poderoso que tiene un cuervo como animal de protección. Hace poco me enfrenté a él en las esferas superiores pero tuve que salir por patas".

Todo ese asunto de la piedra rúnica nos estaba tocando realmente las narices sobretodo porque, excepto Mansuel, ninguno de nosotros sabía porque nos habíamos embarcado en esa aventura sin recompensa ni tesoros ni princesa virginal que salvar. Decidimos volver a la ciudad en el amparo de la noche y, al amanecer del día siguiente, alquilar un pequeño velero y navegar a alta mar para hundir la piedra en una abismo profundo.

Aunque se nos pasó por la cabeza a Piños y a mí, no nos alojamos en la posada de nuestro "amigo" al que le pegamos una paliza por despertarnos tan temprano. Por la mañana acompañamos a Kenneth a hacer gestiones con los propietarios de embarcaciones. El muy idiota pretendía que colaboraramos en el alquiler pero le dejamos las cosas claras. ¡Diablos, él y su amigo el enano nos habían metido en ese lío! ¡Que n'aprenguin!

Finalmente alquilamos un velero de un solo mastil sin tripulación, excepto por un capitán muy pintoresco: con un parche, una pierna de madera y un loro en su hombro. El muy rufián no demostraba aprecio por nadie y menos por mí. Aunque no me extraña después de dedicarle frases como "Vayáse con OJO de no meter la PATA cuando desamarre" y similares. Pero en el fondo nos caímos bastante bien.

Nada más zarpar nuestro shaman se metió en el camarote y entró en trance intermitente. Estuvo casi todo el viaje vigilando que el shaman "maligno" no estuviera al acecho. Y efetivamente, estaba el acecho. Tal como salimos del puerto un barco más grande que el nuestro zarpó en nuestra persecución con el rival de Mansuel y 44 sectarios con túnica negra. Cuando fuimos informados de este hecho le pedí al capitán que encaminara su vista a algún arrecife de coral o mar poco profundo para intentar despistarlos. "Claro, grumete, eso está hecho. ¡Rumbo a la gruta de la niebla!"

El nombre de la gruta hacia honor a su condición. Efectivamente, esa ruta por el interior de unos islotes rocosos estaba llena de niebla. ¡No se veía un carajo a 3 metros! Por suerte la gruta era descomunal, capaz de albergar a decenas de barcos como el nuestro.

Pero algo andaba mal (y no me refiero al capitán). De pronto se empezaron a escuchar unas voces fantasmagóricas que nos amenazaban con hundirnos con ellos al fondo del mar. Y después escuchamos el rumor de un barco cercano, delante nuestro. ¡MIERDA! comprendimos entonces que el barco que nos perseguín había logrado, no sabíamos como, ponerse por delante y ahora nos cerraban el paso. La batalla por nuestras vidas estaba servida.

Pronto unos garfios se engancharon a nuestro barco y alguien gritó "Al abordajeeeee!!". Era nuestro capitán, que desenvainando su espada curva, se preparaba con emoción para vivir una nueva batalla en plena mar (aunque fuera bajo techo natural).

Cuando el otro barco se encontró a suficiente distancia varios sectarios encapuchados saltaron a nuestra cubierta. Luchamos con bravura; yo con mi arco abatí a cuatro antes de verme obligado a desenvainar mi espada, Piños cortaba miembros como si fuera mantequilla con su gran hacha y Lurin, el halfling y el shaman defendían bien sus posiciones (sobretodo el capitán, menuda fiera el cojo). Nuestro shaman continuaba encerrado en el camarote y así permaneció hasta el fin de la batalla. Lo que hizo allí dentro nos lo explicó más tarde, aunque más o menos teníamos alguna idea, ya que el barco de nuestros enemigos explotó por la popa y empezó a arder.

Estabamos en serios problemas. Tras hacer retroceder la primera acometida más sectarios saltaron a nuestro barco huyendo de las llamas. Primero nos superaban en proporción de 2 a 1, y luego en proporción de 4 a 1. Uno de mis adversarios consiguió clavarme la lanza en el vientre, pero gracias a la armadura que me había comprado esa misma mañana y al hechizo que Mansuel había realizado sobre la misma, la estocada no logró alcanzar ningún punto vital. Pero estaba malherido y a merced de 4 enemigos. Piños, que tenía tiempo de repartir hachazos a diestro y siniestro y, a la vez, controlar el campo de batalla, comprendió que me encontraba en serio peligro. Entonces invocó a un enorme oso que apareció entre mis enemigos y yo, que me permitió tener un respiro y preparame de nuevo para combatir.

El oso era un combatiente increíble, como su creador, y se ventiló a dos sectarios en un momento. Combatiendo junto a él todo parecía muy fácil, demasiado. En un exceso de confianza la espada se me soltó de la mano y fué a caer al mar (una espada oriental de extraordinario poder). Ya solo me quedaba la daga drenadora.

A mis compañeros tampoco les iban muy bien las cosas, excepto a Piños, que dejó la cubierta del barco llena de sangre y piernas y brazos cercenados. Lurin acabó atravesado por una lanza y cayó al suelo más muerto que vivo. Kenneth y el capitán luchaban malheridos pero aún así resistian con valentía.

Pero a pesar de todas estas contrariedades no evitaban que los sectarios cayeran uno detrás de otro. Cuando parecía que los que quedaban se rendirían o huírian a nado (su barco ya reposaba en las tranquilas aguas de la gruta) uno de ellos tuvo un golpe de suerte y mató al oso cercenándole la cabeza. Eso los debió envalentonar porque continuaron luchando aún cuando solo quedaban unos pocos.

La muerte del oso enfureció a Piños, que soltó su hacha y se puso a perseguir al sectario asesino. El sectario intentó huir pero la furia del enano fué demasiado para él, ya que acabó muriendo con la cabeza aplastada debido a los innumerables y poderosos puñetazos de mi colega.

Como ese sectario era el último que estaba en mi zona pude entonces volver a cargar mi arco y liquidar a los oponentes del capitán y el halfling. Finalmente, solo uno se mantenía en pie, pero no estaba dispuesto a morir, por lo que saltó por la borda y se alejó a nado. Por si acaso le clavé una flecha en la pierna para que no nos olvidara.

Sí señor, lo habéis leído bien. Entre nosotros 5 pudimos eliminar a mucho sectarios, que según mis cuentas resultaron ser 44; los "44 maníacos sectarios". De todas maneras estuvimos muy cerca de morir, no a manos de esos inútiles, sinó del shaman enemigo que por un momento había tenido contra las cuerdas a Mansuel.

Resulta que nuestro compañero había ido en forma astral al barco enemigo y allí había encontrado a su némesis, el shaman del cuervo. Mansuel no se lo pensó dos veces y soltó todo su poder destructor contra él. A resultas del ataque el barco quedó destruído y el cuerpo del shaman muerto. Pero el espíritu estaba libre y huyó hacia la ciudad. Entonces se inició una persecución que acabó con un pelea de poder a poder entre dos espíritus shamanicos. El "malo" venció la batalla y el espíritu de Mansuel se desvaneció.

Entonces el shaman malvado regresó a la Gruta de la Niebla para reencarnarse en el cuerpo de Mansuel y eliminarnos a todos. Pero Mansuel se jugó su última carta. Aún reducido a la mínima expresión espiritual le pidió a uno de sus espíritus que le diera su esencia espiritual para volver a estar en condiciones de pelear. El espíritu, a regañadientes, se la dió y Mansuel reinició el combate contra "el cuervo". Esta vez nuestro amigo consiguió derrotar a su oponente que, sin su cuerpo y sin espíritu, murió de forma definitiva.

Ya estaba todo hecho excepto por Lurin, que estaba agonizando. Entonces se me ocurrió poner en su mano mi daga drenadora y con mi mano encerrando la suya fuimos apuñalando a todos los enemigos que aún estaban vivos. ¡Funcionó! La herida se cerró poco a poco hasta que su pulso y respiración volvieron a recuperar el ritmo normal.

Tras haber asestado tan terrible golpe, quién sabe si definitivo, a nuestros enemigos sectarios, solo nos quedaba lanzar la piedra rúnica al mar profundo.