Club de Rol Tirada Oculta

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El mundo entero se aparta cuando ve pasar a un hombre que sabe adónde va.
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Jarrid159
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Información de la partida
  • Los Personajes Legendarios (ROLEMASTER)
  • Master: Rasiel
  • Resumen de Jarrid

Jugadores: Izanûr (Enano malas pulgas, Peña), Silmar (Elfo Noldor engreído, Raul), Mirundiel (Elfo Silvano rompecorazones, Cardona), Togil Chopoalto (Hobbit molón, Aran)

Resumen de Togil Chopoalto
Tras regresar a Tar-Antalomë de manera accidental nos separamos. Mientras yo continuaba enfrascado con mis asuntos personales, Silmar y Mirundiel viajaron al condado de Seninford para visitar a la hija de este último, Horalim se enclaustró en la torre de la Magia Elemental e Izanûr... pues no sé ahora mismo... creo que fué a ver el hacha de Nuki en Loguind-la y luego amplió su círculo de amistades femeninas.

Un mes después de rescatar a Laiana, Izanûr recibió una llamada mental de Zoiberg, antes llamado "Cerebrín" de la raza de los Ilícitos, pidiéndole que fueramos lo antes posible a verle. Fuimos todos excepto Horalim que andaba muy "ocupado" en sus asuntos mágicos.

Al llegar a nuestras tierras no fuimos a hablar con Zoiberg inmediatamente, sinó que junto a Kerkam visitamos las nuevas construcciones y el conjunto de la naciente ciudad del Fénix. Al atardecer subimos hasta las cuevas donde el ilícito había fijado su morada lejos de los desconfiados hombres y enanos, y allí nos habló del motivo de su llamada: la leyenda del Árbol Olahgon.

Zoiberg había leído algo referente a esa leyenda en uno de los libros que rob... ejem... que rescatamos de la torre del Nigromante, y después buscó más información en otros volúmenes. Parece ser que al Nordeste del reino de Tar-Antalomë, más allá de las Tierras Salvajes, existe un árbol sagrado más alto que una montaña que ha visto todas las edades del mundo. En su interior se aloja el templo de los hombres dragón que alberga, según las más increíbles leyendas, grandes tesoros y conocimientos más allá de lo inimaginable. En concreto, Zoiberg nos habló de cinco objetos de gran poder: el Arco Mítico, la Galbeila, la Biblia de Kler, la Espada de Luz y la Garra de Zeros.


Al día siguiente partíamos en busca de la aventura los cuatro barones con nuestros caballos y una carreta repleta de comida para alimentarnos 1 mes. Diez días después de nuestra partida llegábamos al último pueblo del reino de Tar-Antalomë, Kasomir, y nos alojamos en su única posada. La gente de Kasomir era muy hospitalaria pero era evidente que no acostumbraban a tratar con forasteros.

No sé si fue Silmar o Izanûr el que averiguó que en el pueblo habitaba un afamado herrero llamado Galdor, pero el caso es que nos dejaron a Mirundiel y a mí en la posada y ellos se fueron en busca del herrero, que acabaron encontrando e, incluso, cenando en su casa. Por lo visto Galdor había sido alumno del abuelo de Izanûr y aplicaba técnicas similares para fabricar armas.

Finalmente no le compraron ningún arma porque Galdor trabajaba bajo demanda para lograr sus mejores trabajos y en esos momentos no tenía nada que superara las armas sagradas del elfo y el enano.

El viaje a través de las Tierras Salvajes fue gris y monótono. Durante 3 semanas viajamos a través de tierras ásperas y sin apenas montañas ni árboles; un desierto de piedra y matojo. Además, con un poco de suerte pudimos evitar unos grandes leones, aunque en realidad no nos hicieron mucho caso, y una patrulla de una docena de hobgoblins.

Quien no tuvo tanta suerte fue un dientes de sable que resultó un capricho demasiado llamativo para Izanûr y su extensa colección de dientes de enemigos abatidos. Además Silmar, siempre demasiado previsor, quería matarlo para conseguir su piel y la carne. Mirundiel y yo nos abstuvimos de semejante carnicería y nos quedamos en la carreta.

El primero en herir al animal fue Silmar con su arco y luego Izanûr lo remató. Pero creo que luego se arrepintieron de la caza, ya que vieron a las dos crías de la hembra de dientes de sable que acababan de asesinar. A Silmar le importaron un bledo, pero Mirundiel e Izanûr se apiadaron de ellos e intentaron atraparlos y 'adoptarlos'. Pero las fierecillas eran más rápidas y se escondieron en una cueva de la que salió un dientes de sable aún más grande (el padre supongo) que también acabó muerto por el hacha de Izanûr. Finalmente entre los dos lograron atrapar a uno de los cachorros mientras el otro se perdió para siempre. El enano lo colocó en una caja de manzanas y se propuso domesticarlo costara lo que le costara.

Dos días después llegábamos al árbol Olahgon y pudimos comprobar que las leyendas eran ciertas. El árbol era más alto que una montaña y rodear su perímetro podía suponer varias semanas de viaje, sobretodo porque sus raíces se alejaban centenares de metros. Pero tuve suerte y pude intuir en una raiz lejana un recoveco que podía albergar una entrada al templo secreto.

Efectivamente había una puerta bajo una raiz pero estaba sellada mágicamente. Pero había una forma de abrirla relacionada con un verso que encontramos tallado en la misma puerta: "Solo el guardián etéreo abrirá estas puertas, que surgirá del cuarto elemento escrito en las corrientes del mundo". Tras varios minutos pensando qué significaba este galimatías Mirundiel descubrió que el texto se refería a la sombra de las hojas del árbol mecidas por el viento y que la misma sombra en movimiento dejaba leer algo en un lenguaje extraño. Por suerte o por conocimiento Mirundiel pudo leerlo y la puerta se abrió.

Por fin estábamos en el interior del legendario Templo de los hombres dragón y éste parecía cumplir con todos los requisitos de un laberinto con trampas. El vestíbulo dejaba ver un fresco representando las deidades del viento y el agua confrontando sus poderes. Avanzamos con precaución por un pasillo hasta encontrarnos con el primer obstáculo: una puerta de doble hoja sin cerradura, y a cada lado del pasillo, como si de unos centinelas se trataran, dos jarras sobre dos pedestales, una llena de agua y la otra vacía.

Mientras mis compañeros buscaban una palanca o cualquier otro mecanismo para abrirla a mi se me ocurrió coger las jarras y poner una encima de la otra (Aire sobre Agua) simulando lo que había visto en el fresco del vestíbulo. ¡Funcionó! Las puertas se abrieron y pudimos acceder a la siguiente sala.

Como estábamos totalmente a oscuras Izanûr activó su martillo de luz. Lo poco que alumbraba evitó que cayéramos al agua, ya que avanzábamos a través de un pasillo estrecho rodeados de cristalino líquido. El pasillo acababa bruscamente en una especie de plataforma circular, varios metros antes de alcanzar la otra pared o una puerta que nos llevará más allá. Cuando ya creíamos que era un camino sin salida y debíamos retroceder el agua empezó a agitarse y a desplazarse formando tres núcleos separados. Mis compañeros sacaron las armas y los tres núcleos se convirtieron finalmente en 3 elementales de agua que nos rodearon y avanzaron dispuestos a atacarnos.

El combate empezó pero yo me escabullí y me alejé hacia la puerta para ganar tiempo y encender una antorcha. Mientras yo estaba trabajando duro con la yesca y pedernal Izanûr, Silmar y Mirundiel dieron buena cuenta de los acuosos enemigos, aunque Mirundiel se llevó un ojo morado de recuerdo.

Los restos de los tres elementales se diluyeron, pero empezaron a juntarse formando un único ser. Por suerte las puertas de la otra pared se abrieron y nos permitió pasar a la siguiente sala.

(Continuará...)