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Jarrid159
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Información de la partida
  • Los Personajes Legendarios (ROLEMASTER)
  • Master: Jarrid
  • Resumen de Jarrid

Jugadores: Izanûr Targu (Enano testarudo, Peña), Silmar (Elfo vacilón, Raul), Mirundiel (Elfo Casanova, Cardona), Horalim (Monje albino, Aran)


Resumen

Estaban Izanûr, Silmar, Mirundiel y Horalim en su residencia de Tar-Antalomë que a partir de ahora llamaré 'Togsil i Zahormir', descansando tras tanto viaje y aventura. Hacia el mediodía llamaron a la puerta. Raelian, el abellán, fué hacia la puerta del patio para abrir, observado de cerca por Silmar. Era un joven de 11-12 años que traía un mensaje. Silmar le leyó la mente y pudo vislumbrar que el mensaje se lo había entregado un personaje de baja estopa en un barrio marginal y que le había dado unas monedas por entregar el mensaje sin hacer preguntas y siendo discreto.

Raelian entregó el mensaje a Silmar y este entró en la mansión a la vez que desenrollaba el pergamino. El mensaje sorprendió a todos. Estaba dirigido a los barones de Targu, de Silmar, de Mirundiel y de Horalim y advertía a estos que el barón de Chopoalto había sido secuestrado y se pedía por él un rescate de 30.000 piezas de oro, a pagar antes de 2 noches depositando tal cantidad en el hueco de un árbol a la entrada del barrio del Tragaluz (el barrio más marginal y peligroso de toda la ciudad).

Enseguida se pusieron manos a la obra para evitar tener que pagar el rescate. Mientras Horalim se dirigía a la Torre de las Artes Elementales con 30.000 piezas de estaño, los otros tres montaron en sus caballos y salieron raudos a las calles de Tar-Antalomë en busca del niño que había llevado el mensaje. No lo encontraron en la intricada red de callejuelas entre la muchedumbre que acudía a los mercados. Finalmente se separaron. Mirundiel regresó a Togsil i Zahormir para recuperar el mensaje y examinarlo detenidamente, esperanzado en encontrar alguna pista fiable. Izanûr y Silmar prefirieron ir en busca del niño, al barrio del Tragaluz, donde suponían que vivía.

Al llegar al barrio encontraron a unos niños que estaban jugando. Se acercaron y se dirigieron a uno de ellos. Le ofrecieron una recompensa si les decía dónde se encontraba el chaval que correspondía a la descripción del mensajero. El niño pareció dudar, pues no quería revelar a unos desconocidos el paradero de un habitante de Tragaluz, pero al aumentar la oferta acabó aceptando. Los condujo hasta una casa que, como todas las del barrio, presentaba un aspecto descuidado y ruinoso.

El niño de la calle llamó a la puerta. Abrió una señora de mediana edad y tras intercambiar unas palabras con el muchacho llamó a su hijo. Al cabo de unos instantes apareció el hijo por la puerta, un joven de mediana estatura, castaño, con la cara sucia y que respondía al nombre de Edye. Era el mensajero. Silmar se adelantó y le dijo que eran los destinatarios del mensaje que había llevado esa misma mañana y que necesitaban enviar un mensaje al remitente del mismo. Edye los miró sorprendido y cerró de un portazo.

Silmar llamó de nuevo a la puerta. Nadie contestó. Volvió a llamar. Pasados unos segundos contestó la mujer "¿¡Que quieren!?". "Hablar con su hijo" - contestó el elfo Noldor. Nadie contestó. Silmar volvió a llamar y la escena se repitió pero esta vez con un tono de voz más alto y con un "¡Lárguense!" como coletilla. Poco a poco se iban reúniendo los vecinos en la calle, curioseando el porqué de los gritos.

Izanûr acabó hartándose y derribó la puerta. La mujer se espantó y empezó a gritarles que se fueran, que su hijo ya no se encontraba en casa y que sería mucho mejor para ellos que se fueran inmediatamente del barrio. Silmar e Izanûr no entendieron correctamente lo que la mujer intentaba decirles y creyeron que ella estaba amenazada por alguien y que ese alguien vendría pronto. La realidad es que intentaba prevenirles de la "guardia" del barrio de Tragaluz, pero tardaron demasiado en entender.

Bajo el umbral de la puerta rota apareción un hombre alto, estirado, seco pero fibrado, con cara de pocos amigos. "¿Qué e'tá pasando aquí?" dijo el hombre con una voz áspera. Izanûr y Silmar intentaron explicarse sin medir en absoluto las palabras y acabaron pidiendo al hombre que se apartara de la puerta que iban a salir. "No, ha'ta que se aclare porqué e'tá la puerta rota y que hacéi' aquí". Izanûr se hartó e intentó apartarlo de un empujón, pero lo hizo sin convicción y sólo consiguió hacerle retroceder un paso. El hombre sacó su navaja de doble filo.



Mientras, en Togsil i Zahormir, Mirundiel recogió el pergamino que contenía el mensaje y lo llevó al vendedor de pergaminos para que le dijera todo lo que podía sobre él. El maestro pergaminista confirmó que se trataba de un pergamino corriente y barato pero que, en cambio, la tinta era una rara variedad conocida como "Perla Azabache" que provenía de las tierras del Sur y que tenía una alta cotización. Esta tinta se vendía habitualmente a nobles y a gente refinada.

Horalim, por su parte, había encontrado en la torre a su amigo Achilles, un ilusionista de gran renombre dentro de la Torre de las Artes Elementales. Éste aceptó el favor que le pedía el albo monje y "convirtió" las 30.000 monedas de estaño en 30.000 monedas de oro. Luego, Horalim, regresó a Togsil i Zahormir.



Izanûr desenvainó su Morning Star y descargó su poderoso golpe en el pecho de su oponente. El arma hundió el hombro derecho y con el exceso de impulsó acabó aterrizando en el centro del pecho, destrozando varias costillas que perforaron el corazón del pobre hombre. Por si acaso Silmar le clavó su espada mientras la víctima caía moribunda. Los gritos en el exterior se hicieron punzantes y la indignación estaba creciendo por momentos. Conscientes de ello Silmar e Izanûr optaron por irse, no sin antes decirle a la mujer que si su hijo quería ganar bastante dinero fuera a verlos a su mansión.

El elfo y el enano montaron en sus caballos sin atender a los insultos de la chusma enfurecida y salieron al galope bajo una lluvia de piedras que no provocó daños graves.



A media tarde se reunieron todos de nuevo en Togsil i Zahormir y comentaron sus avances en las investigaciones. Finalmente decidieron ir en busca de Togil recorriendo todas las calles de la ciudad. Se ayudarían del objeto que compraron en la subasta de la semana anterior, un brazalete que servía de detector. Por suerte Togil se había quedado con la piedra que servía de emisor.

Los 4 barones recorrieron toda la ciudad durante horas y, finalmente, a medianoche llegaron al centro de un plaza, donde el brazalete indicaba mediante un leve resplandor que se encontraban más cerca del hobbit que en cualquier otro punto de la ciudad. Pero el hobbit no estaba allí por lo que acabaron suponiendo que se encontraba bajo ellos, en las cloacas.

Buscaron entonces una entrada al subsuelo. Varias calles más allá encontraron una e Izanûr se encargó de echarla abajo de varias embestidas. Una vez en las cloacas recorrieron sus pasillos guiados por la tenue luz del brazalete. Estuvieron varias horas recorriendo pasadizos hasta que encontraron un par de pistas: un hueso de níspero recién comido y unas huellas apenas visibles. Eso, suponían, los acercaba cada vez más al hobbit. Llegaron a un pasadizo en dónde observaron que las huellas desparecían y entonces buscaron una entrada secreta. Primero encontraron la falsa pared y después, bajo el río de residuos humanos, una palanca que abría una puerta secreta. Silmar fué el valiente que la accionó.

Una vez dentro recorrieron un pasillo excavado en la tierra y luego bajaron por una escalera. Izanûr iluminaba los pasos con su mertillo luminoso. Luego encontraron una puerta, una sala vacía y dos puertas más. Escogieron la de la derecha que conducía a una habitación cuadrada, e iluminada por tres antorchas. Había allí cuatro hombres hablando de forma distendida alrededor de una mesa; vestían ropas sucias e íban armados con espadas. Su aspecto indicaba que no eran de fiar.

Las hostilidades empezaron enseguida. Uno de los hombres agarró la ballesta que había sobre la mesa, otros dos se levantaron y desenvainaron sus espadas y el último empezó a recitar unas palabras mágicas. Izanûr y Mirundiel entraron con sus armas en mano. Horalim y Silmar se quedaron rezagados para realizar unos sortilegios.

La flecha de la ballesta silbó en el aire directa hacia el cuerpo de Horalim pero éste la deflectó hacia el techo con unas palabras mágicas. Silmar realizó un salto prodigioso de 15 metros entre los dos enemigos con espada para llegar al lado del hechicero. Uno de los espadachines intentó interceptarlo en el aire pero no lo consiguió. Esa maniobra fallida lo dejó sin defensa posible ante el ataque de Izanûr, que le asestó un tremendo golpe en el costado.

Silmar había aterrizado al lado del hechicero, que se encontraba de espaldas cara a la pared del fondo, por lo que no tuvo problemas para clavarle la espada en la parte posterior del abdomen. Mirundiel se encaró con el que había disparado una flecha a Horalim. Éste le lanzó la ballesta y rodeó la mesa mientras desenvainaba su espada. Mirundiel deflectó la ballesta con su espada y corrió tras el lanzador mientras Horalim trataba de cerrarle el paso. Por su parte Izanûr y su nuevo oponente entrechocaban sus armas en un intercambio de golpes, sin mayor trascendencia que unos pequeños cortes.

Aunque Silmar había hundido su espada en el cuerpo del hechicero y había retorcido la hoja para causar más dolor, éste consiguió pronunciar la última palabra de su hechizo antes de caer inconsciente en el suelo. Enseguida empezaron a salir de un agujero recién creado en la pared unos goblins verdes armados con lanza. Hasta 24 goblins salieron de la puerta mágica.

Pronto los héroes se vieron rodeados por estas criaturas y empezaron a sufrir en sus carnes la crueldad de sus armas. Izanûr y Silmar recibieron estocadas graves que les provocaron heridas por las que se escapaba gran cantidad de sangre. Mirundiel conseguía mantenerlos a raya y Horalim, que poco antes había derribado al hombre de la ballesta de un golpe de bastón, consiguió herir a dos. Pero poco le duró la suerte pues uno de esos pequeñajos consiguió hundirle su pincho en la pierna, justo por donde se encontraba una vena. Horalim cayó inconsciente sangrando profusamente.

La situación era desesperada. Las heridas aumentaban y los héroes, cansados y heridos, apenas acertaban a golpear a alguno de los seres. Pero Izanûr saco entonces su arma predilecta (Nota del Master: a ver si le pones un nombre, Izanûr, que se lo merece), la Morning Star, y la blandió con fuerza por encima de su cabeza. El arma empezó a aullar con un sonido mágico y terrible, lo que provocó grandes estragos en el enemigo. Muchos quedaron paralizados por el miedo, otros retrocedieron acobardados, la mayoría huyeron aterrorizados e, incluso dos de ellos, murieron de puro terror.

Habían vencido, pero Horalim estaba ante sus últimos momentos de vida. Había perdido mucha sangre y estaba completamente blanco. Izanûr se lo cargó al hombro y, aunque él también perdía sangre, se lo llevó a cuestas al exterior de las cloacas. Mientras Silmar y Mirundiel rescataban al hobbit, que se encontraba tras otra puerta, maniatado, amordazado y drogado. Entonces, ellos también se dirigieron hacia el exterior.

Ya afuera, Izanûr gritó y gritó: "Un SANADOOOR!!!" Un vecino de una casa cercana que acababa de levantarse, pues ya estaba amaneciendo, se asomó por el ventanal y al ver la escena, bajó en su auxilio. Él era en realidad Mogamp, un aprendiz del gran sanador Zarquon. Izanûr le dijo entonces "No repare en gastos, salve a mi amigo". Mogamp pudo comprobar que Horalim estaba muriendo y que su corazón había dejado de latir en ese momento, así que tuvo que intentar un hechizo que aún no dominaba pero que era lo único que podía evitar que el alma del monje abandonara definitivamente el cuerpo. Lo intentó una vez pero fracasó. Lo intentó una segunda vez y volvió a fracasar. El tercer intento era el definitivo, si no lo lograba entonces Horalim descansaría en paz para siempre. ¡SÍ! Esta vez sí consiguió detener la partida del alma y retenerla por un día más. Entonces su maestro tendría tiempo de sobras para estabilizar el cuerpo. Mientras Mogamp conseguía tal proeza Izanûr se desmayó debido al shock de perder tanta sangre.

Esa mañana, en la casa de Zarquon, hubo mucho trabajo. Horalim estuvo en coma varios días, e Izanûr no pudo salir de la cama hasta 3 días después. Togil también tuvo que guardar reposo. Pero la peor noticia estaba por llegar.

Silmar y Mirundiel regresaron esa mañana a Togsil i Zahormir y lo que viero les provocó sopresa e indignación a partes iguales. Un incendio había destruido la mansión dejando solo los cimientos. Por suerte, la cámara subterránea del tesoro había quedado intacta y Raelian, el abellán, había salvado los caballos.

Tres días más tarde, cuando la mayoría de los héroes ya estaba recuperada de sus heridas, pidieron audiencia al Rey. Éste lamentó los incidentes que habían provocado la destrucción de Togsil i Zahormir y los relacionó directamente con la muerte del hombre de la navaja en el barrio de Tragaluz. Según Su Majestad la 'Hermandad de la Sangre Ardiente', que es como se conocía al gremio de asesinos de Tar-Antolomë, había tomado venganza por la muerte de uno de sus integrantes. Lo que no les dijo el Rey es que según el credo de la Hermandad, la sangre se pagaba con sangre.

La venganza estaba servida (por los dos bandos).